Todavía no me recupero de la seguidilla de calamidades
que trajo el gobierno democráticamente electo en la Argentina. Estos días
fueron un crescendo constante de momentos casi “deja-vu”: el congreso cerrado,
decretos de “necesidad y urgencia”, multitudes en las plazas, cancelación de
programas de televisión, desinformación y censura a periodistas, represión
policial, exigencia de transitar documentado, desmantelamiento de servicios
sociales y educativos estatales, despidos masivos en el sector público y
privado, desmontaje de instituciones tecnológicas, desobediencia a la justicia
por parte del poder ejecutivo, endeudamiento externo, devaluación, apertura de
importaciones, eliminación de las retenciones al sector agropecuario, políticos
representantes del pueblo y sindicalistas representantes del sector trabajador
en llamativo silencio. Y siguen…
Sin embargo, algo sobresalió entre el fárrago de
brutalidad política desplegada por este grupo de empre-mercenarios legalmente
devenidos dueños de la nación: la superlativa violencia verbal utilizada desde
el mismo gobierno hacia la propia gente que dicen, o deberían representar. La
indignidad y miserabilidad humana de insultar a trabajadores cesanteados tildándolos
públicamente de “ñoquis”, y a quienes piensan que el estado tiene
responsabilidades inclaudicables con sus ciudadanos, llamarlos “grasas
militantes”, es algo que realmente superó todas mis previsiones. Hacía mucho,
mucho tiempo que no era testigo de una denigración pública similar, creo que
desde la época de los militares.
Los que han estudiado la psicología del perpetrador de
violencia sistemática contra otras personas, describen claramente un mecanismo
simbólico de deshumanización de la víctima. En la guerra, el enemigo pasa a
perder sus características de individuo, de persona semejante: se le dice
públicamente que es una “infección”, un “cáncer”, una “rata”, “basura humana”,
“el mal”, “el demonio”, “el enemigo apátrida”. Con la misma lógica, el trabajador
despedido, bien despedido está porque era, en realidad un “ñoqui”, un haragán
que –como en la tradición gastronómica- aparecía en su lugar de trabajo
solamente los días 29, el día de pago, obviamente para cobrar su cheque.
Quienes tienen ideales de aquello que desean para su
país, para su gente, para su presente y su futuro; aquellos que se animan a
pensar en grande, en proyectos colectivos que trascienden su tiempo, que
quieren llevar adelante sueños, ideas, anhelos y gloria; aquellos que dan sentido
a su existencia a través de una visión que convoca utopías, reciben el insulto
de “grasas militantes”.
Este giro en el discurso, estas etiquetas simbólicas
persiguen la misma idea: desensibilizar a la población que ahora es testigo de
injusticias abyectas. Quien es echado de su trabajo, era en realidad un “ñoqui”
escondido; un haragán. Quien es perseguido ideológicamente es –qué duda podría
caber- la “grasa militante”. Cesanteados y perseguidos, seguramente “algo
habrán hecho” para estar sin trabajo, o como parias sociales. Vuelven así los
ecos de la dictadura, hoy de la mano de un conjunto de hombres de negocios para
los cuales un país no es mucho más que un mercado territorial, un recurso a
explotar para hacer dinero.
En el insulto a trabajadores y militantes, hay
deshumanización. Es así como se legitima la violencia contra los que parecerían
“no caber” en este sistema. Y es también así como se le abre la puerta a nuevas
catástrofes sociales.

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